Siegmund está desesperado. Huía, en una noche de tormenta, buscando refugio, y lo ha encontrado en casa del enemigo. Sin una espada que muerda, sin una lanza que hiera, sin un escudo que proteja; solo le queda esperar la pronta mañana en que el feroz Hunding tome venganza por los parientes asesinados.
¡Si tan solo pudiera hacerse de una espada! Una espada ante la cual sucumban los enemigos y que haga vacilar al mismísimo Wotan. Una espada como la prometida por el padre perdido, que acudiría solo al llamado de la necesidad.